La Guatemala de finales de los años ochenta era un enigma. Parecía que la guerra llegaba a su fin, pero todavía retumbaban los bombazos en los cerros y la violencia del Estado seguía cobrando víctimas entre la población civil. La más reciente Constitución de 1985 era muy avanzada y permitía actividades que antes estaban prohibidas. Era un buen momento para abrir brechas.

            Cristóbal Pacheco era un jovencito recién salido de la escuela. Su padre lo había recomendado para que se le enseñara a trabajar. Su carácter tranquilo y el espíritu de aventura lo hicieron acoplarse al viaje que apenas empezaba. Eran tiempos en que todavía el ejército llegaba a los pueblos a cazar patojos para engrosar sus filas. Recuerdo las filas de mujeres en el cuartel, indagando por sus hijos, y a Chito corriendo como conejo para escapar de la conscripción militar.

         Mientras el local se iba adecuando, los pedidos de libros a México, Costa Rica y España transitaban los lentos caminos del mundo sin interné. Bolsas sacas, cajas de cartón y paquetes de libros llegaron con títulos clásicos y novedosos de Historia, Antropología, Literatura, Arte, Fotografía y Feminismo. En la capital y con autores auto publicados, se consiguieron los títulos existentes sobre Guatemala en ese momento. El Seminario de Integración Social (SISG), la Universidad de San Carlos, el instituto de Geografía e Historia, las editoriales Piedra Santa, Artemis Edinter y otras casas fueron los primeros proveedores. Pintores, fotógrafos y postaleros llevaban sus productos para ponerlos a la venta. Artesanas y una fauna de artistas surtieron también al espacio que abriría como Librería del Pensativo en mayo de 1987.

           Desde el día de la inauguración la libre, como le llamábamos familiarmente, fue visitada por un público variado, nacional e internacional, que se entusiasmaba con aquella tienda sui generis de libros en la Calle del Arco, en La Antigua Guatemala. En esos días también se estrenaba en el pueblo la Galería de Arte Imaginaria, el museo de música Casa K’ojom y diariamente la vida cultural se expandía. Los libros también empezaron a reproducirse y con mucha frecuencia se presentaban títulos nuevos o reimpresiones; era un nuevo estallido que nos sorprendía y ampliaba nuestro mundo de lecturas.

       En poco tiempo, la librería tuvo que crecer y se levantaron paredes y techo en un anexo que al principio funcionó como galería de exposiciones. Allí se presentaron obras de artistas nacionales y extranjeras y se llevaron a cabo actividades de distinto carácter y formato: Pláticas feministas, foros, presentaciones de libros y fiestas locas y divertidas.

       En los noventa, se abrió un local en la ciudad de Guatemala, en el edificio La Cúpula  donde funcionaba un pequeño teatro y había un ambiente cultural movido. El café La Libre funcionó un tiempo, luego llegó la tienda Melómanos, con música de trova y latinoamericana. Allí también hubo actividades memorables en las que se veía cómo la democracia cultural se iba ensanchando

   Desde el inicio hubo la intención de publicar libros, aunque expertos en el negocio no lo recomendaron. Ejercicios para definir espantos, del arqueólogo Carlos Navarrete fue el primer libro que salió con el sello de Ediciones del Pensativo. La presentación fue memorable, porque estaba presente el autor y Luis Luján Muñoz, como comentarista, y el vino corrió generosamente entre amistades y personas que no acababan de creer que esto se podía hacer en Guatemala. Además, venían intelectuales, periodistas y artistas que con su presencia hacían de aquellos eventos, verdaderos acontecimientos, puesto que se volvía a respirar un aire fresco para quienes se interesaban por nuevos conocimientos, discusiones, reflexión.

     Poco a poco fueron sumándose nuevos títulos a las publicaciones. El más significativo fue La Revolución Guatemalteca de Luis Cardoza y Aragón a quien visitamos para pedir su autorización en su casa de Coyoacán, contándole de la Antigua en esos tiempos de postrimerías de la guerra. Eso fue para conmemorar el 50 aniversario de la Revolución de 1944. Se llevó a cabo un acto en el Museo de Arte Colonial que hizo pensar al público en cómo en Guatemala los tiempos se van traslapando, y sobre todo, cómo los cambios tienen sus ritmos, casi siempre más lentos de lo que se desea. Estábamos en un edificio colonial, que había albergado a la universidad en el siglo XVI, hablando de una revolución que quedó interrumpida  y que ahora volvía a mencionarse, luego de años de silencio forzado.

       La sensación que predominaba en el mundo cultural del país de aquellos años, era de que se estaba rompiendo los diques de la censura y la persecución. Autores y obras que habían sido prohibidos, señalados de comunistas, se ponían sobre la mesa y circulaban a plena luz. Inolvidable la presentación de las memorias de José Manuel Fortuny, el comunista guatemalteco, escritas por El Bolo Flores.

         Otro título que salió bajo nuestro sello fue Luchas de las guatemaltecas, trabajo y participación política de las mujeres en Guatemala en el siglo XX, de Lorena Carrillo, un texto que abría la posibilidad de acercarnos a la historia desde una perspectiva más integradora, en la que las mujeres eran protagonistas fundamentales. Y así, se publicaron libros de autores como Rodrigo Rey Rosa, Horacio Castellanos Moya, Ruth Piedrasanta, Aída Toledo y Carolina Escobar, entre otros.

         La librería de la ciudad tuvo que cerrarse en los primero años del siglo XXI. No era sostenible y decidimos ponerle más atención a la original casa matriz que estaba en su mismo local, ante un mundo que vertiginosamente exigía uso de tecnología y adaptaciones a los nuevos tiempos en los que hasta los libros se hicieron virtuales, así como el amor y las relaciones de pareja.

          En abril de 2010, un domingo a la hora de almuerzo, un cortocircuito eléctrico provocó que se incendiara la bodega donde estaban reunidos los títulos de la editorial. Los bomberos pararon el fuego, pero el agua que usaron mojó todos los libros. El único que se salvó fue El pájaro sobreviviente, un libro de arte de Arnoldo Ramírez Amaya que se había re editado con base en el original de los años setenta. Sólo allí se calculó una pérdida de más de 15 mil volúmenes.

            Esta fue la señal para ponerle punto y aparte a un proyecto que enfrentaba varios problemas. Hacer negocio con libros en un país de mayoría de personas empobrecidas, donde el analfabetismo es muy alto, es uno de los obstáculos más evidentes. Otras dificultades se unieron para tomar la decisión de cerrar la librería, no sin dolor en el corazón. Esto se hizo un mes después, con una Venta de quemazón en la que se remataron las existencias, libros sucios, arrugados, con hongos, ahumados y quemados fueron saliendo durante varias semanas, hasta que se agotó la mayoría. Y el cuento se acababa, lentamente. El último día que se abrió, hubo vino generoso y un concierto de marimba interpretado por los jóvenes de la Casa Museo Luis de Lión de San Juan del Obispo.

          Cristóbal decidió abrir su propia librería en la ciudad capital, Vero y Tita abrieron una enfrente de donde estuvo Librería del Pensativo por más de 20 años. Fue como que nuestra entrañable libre retoñara. Silvia y Emilio se quedaron para terminar el proceso de cierre, y en la actualidad, continúan en la editorial.

           Pese a todo, la producción editorial ha continuado. En 2012 se volvió a reestructurar la editorial y en 2013 se abrió la Casa Pensativa como un espacio para promover la libertad de pensamiento crítico, la creatividad y la democracia, principios que la han movido desde el inicio.

            Hoy, en 2020 seguimos bregando por contribuir a ampliar y mejorar la vida política y cultural con el mismo sello del Pensativo, pero con otros proyectos y nuevas perspectivas, como la de ofrecer el servicio de centro de documentación y biblioteca, y espacio para actividades culturales y recreativas, así como la posibilidad de -en un futuro- producir investigaciones propias que contribuyan a entender y transformar la realidad.

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